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¿Cómo se despide una madre de un hijo cuyo cuerpo perdió el Estado?

Han pasado doce años desde que Cosme Humberto Alarcón Balderas desapareció una tarde de mayo, y cinco desde que su madre identificó su cadáver en las imágenes de un expediente. Desde entonces, Marcela Balderas intentó recuperar su cuerpo, pero la FGE lo extravió. Resignada a no encontrarlo, decidió el día en que hubiera cumplido 29 años organizar una ceremonia para celebrar su vida 

Texto y fotos: Francisco Rodríguez para A dónde van los desaparecidos

Marcela Balderas Rodríguez, madre de Cosme Humberto Alarcón Balderas, desaparecido el 5 de mayo de 2011 en Torreón, decidió empezar su duelo sin el cuerpo de su hijo. 

Han pasado cinco años desde que identificó a Cosme en las fotografías del expediente de la averiguación previa 98/2011. Su hijo adolescente había sido registrado como un adulto de 25 años, tras ser hallado la misma noche en que desapareció, asesinado, con impactos de bala en la cabeza. 

Marcela emprendió entonces una búsqueda para encontrar el cadáver que perdió la Fiscalía General del Estado (FGE) de Coahuila, pues ninguna autoridad pudo decirle dónde habían enterrado el cuerpo. Hasta que se resignó: “Sé que no lo voy a encontrar. Sé que lo perdieron”. 

No fueron suficientes tres exhumaciones en distintas áreas del Panteón Municipal de Torreón donde creyeron que podía estar el cuerpo de Cosme. Tampoco la exhumación masiva de más de mil restos enviados a las fosas comunes de los cementerios de Coahuila. Se recuperaron también más de 10,000 fragmentos óseos de cuerpos donados a las facultades de Medicina y de Odontología de la Universidad Autónoma de Coahuila entre 2012 y 2017, aún pendientes de analizar. Nada. Su hijo sigue desaparecido.

El último dato que se tiene de Cosmelín, como lo llamaba su madre, es del 10 de mayo de 2011. Cinco días después de su asesinato, consignaron el envío del cuerpo desde el Servicio Médico Forense (Semefo) al Panteón Municipal 2 de la ciudad. Aunque en la fosa común del cementerio no existe ningún registro de inhumación de esa fecha. 

En algún punto de la cadena de custodia, Cosme se perdió. Lo perdieron.

“Sé que las autoridades no van a encontrar el cuerpo”, asegura Marcela. 

El 14 de octubre, un día antes de la fecha en que Cosme habría cumplido 29 años, decidió tomar la chamarra que tanto le gustaba a su hijo, sus camisas, su playera del Santos Laguna, sus lentes con audífonos integrados, su ropa de cuando era bebé y muchas fotos. Y cremó esas pertenencias.  

“Me deshice de muchas fotografías y solo me quedé con las más bonitas, donde sale sonriendo. Cosme se queda en mi corazón”, platica.

Ahora, las cenizas de esos bienes y objetos de su hijo están en una urna blanca que ella abraza como lo más preciado.

No fue sencillo tomar la decisión de quemar las pertenencias. Desde días antes, sacaba las prendas de Cosme, las miraba, las guardaba de vuelta. A ratos quería hacerlo y a ratos se evadía. Pero su corazón le dijo que ya debía dejarlo descansar.

“Tenía que hacerlo. Quiero que descanse y quiero descansar. Estoy muy cansada. Ya me enfermé. Las autoridades no trabajan, son incompetentes”, lamenta.

Era un “niño coqueto”, responsable, que adoraba a su hermana. Así recordó su madre a Cosme en la ceremonia realizada en la Alameda Zaragoza.

Sin datos que lleven a Cosme

Cosme Humberto Alarcón Balderas, de 16 años, trabajaba como empacador en un City Club cercano a la carretera Torreón-Matamoros. Había quedado en encontrarse con su mamá y sus dos hermanos menores, Leonardo y María Luisa, al terminar la jornada de aquel 5 de mayo, pero nunca llegó a la cita.

Desde esa tarde, Marcela, que tenía entonces 33 años, emprendió una búsqueda en hospitales, cárceles y morgues. Se unió al colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila (Fuundec), participó en marchas y plantones, y acudió a oficinas del gobierno en Torreón, Saltillo y la Ciudad de México para exigir la localización de su hijo y de miles de personas desaparecidas. 

Todo esto sin saber que el mismo día en que desapareció Cosme, las autoridades judiciales encontraron su cuerpo en las calles Múzquiz y Río Nazas, bajo el Puente Plateado que une las ciudades de Torreón y Gómez Palacio. Fue uno más de las decenas de cadáveres que cada semana yacían en las calles en esos años, cuando los Zetas y el Cártel de Sinaloa libraban una batalla por la plaza.

Los peritos levantaron el cuerpo a las once de la noche. Vestía mezclilla negra, calzón rojo, camisa de mangas blancas y tenis negros, según se consignó en la averiguación previa 98/2011. Pero, como para los trabajadores del Semefo Cosme aparentaba más edad, cuando Marcela acudió a la morgue y describió a su hijo de 16 años, los encargados le aseguraron que no había nadie de esas características.

Su asesinato se convirtió entonces en una historia de cómo el Estado extravía personas. Una historia más de la crisis forense que vive nuestro país.

“Es tan visible la cara de Cosme. Cómo son tan tontos. Ahora quieren echarle la culpa a la funeraria por haberlo perdido”, se queja la madre.

La funeraria San Antonio fue la encargada de trasladar el cuerpo no reclamado de Cosme a la fosa común. Pero el negocio cerró, y ahora las autoridades lo señalan como responsable de haber extraviado los restos, relata Marcela.

“Le daban una edad de 25 años. Su carita era chiquita, no puedo creerlo que sean tan pendejos para no saber que era la cara de un niño, de un joven, no ver la diferencia”.

Sobre la pérdida del cuerpo de Cosme, las autoridades de Coahuila han optado por el silencio. José Ángel Herrera, fiscal de Personas Desaparecidas, rechaza hablar del caso por tratarse, dice, de una investigación en curso.

“No puedo dar pormenores o dar situaciones generales porque afecta el tema de la propia investigación. Son investigaciones que no han concluido, que están en curso. No podemos dar ningún dato concreto”, señala. “Son investigaciones del paradero del cuerpo, qué fue lo que pasó, los hechos en 2011, sobre varias vertientes”. 

Yezka Garza, coordinadora del Centro Regional de Identificación Humana (CRIH), creado para resguardar e identificar los restos hallados en fosas clandestinas y los cadáveres no reclamados que son exhumados de los panteones, se niega también a hablar sobre el caso de Cosme argumentando “respeto a la familia”.

Las exhumaciones masivas en los panteones de Coahuila, de los que se han desenterrado más de mil cuerpos, no han permitido identificar a Cosme.

En marzo de 2021, autoridades de la FGE, el CRIH y la Comisión de Búsqueda estatal comenzaron a realizar exhumaciones masivas en las fosas comunes de la entidad, de donde han desenterrado casi 1,200 cuerpos que habían sido enviados al anonimato. Desde entonces se han logrado cerca de cien identificaciones, pero no la de Cosme, que era uno de los objetivos. 

Estas cifras exponen “la complejidad y la tragedia” que viven las familias de personas desaparecidas, señala Blanca Martínez, directora del Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios, que ha acompañado el caso de Marcela Balderas. Sobre la falta de respuesta de las autoridades, asegura que uno de los problemas es la opacidad del Estado.

“Sabemos que la fiscalía perdió contacto con familiares de desaparecidos. ¿Por qué no han sido entregados? No son transparentes con la sociedad y generan más preocupaciones y especulaciones”, considera Martínez. 

Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), consultado el 20 de octubre, en Coahuila hay 3,469 personas desaparecidas y, de acuerdo con la directora del Fray Juan de Larios, el número de muestras genéticas que resguarda el CRIH para cotejar con los restos hallados o exhumados permitiría únicamente identificar a 1,200 personas desaparecidas, menos del 35 por ciento del total. 

“Es un problema importante con el centro regional. El asunto es que puedes tener cantidad de restos, pero si no tienes contra qué cotejar, nunca vamos a identificarlos. Se conforman con decir ‘ya identificamos a 80 personas’, qué bueno, una persona es importante, pero esperamos muchas más”, agrega.

Al respecto, Herrera asegura que la cifra de personas desaparecidas que tienen en su base de datos, “actualizada” por la fiscalía como resultado del censo que promueve el presidente Andrés Manuel López Obrador, es de alrededor de “2,400, 2,500”, mil menos que la registrada en el RNPDNO. 

El CRIH, precisa, trabaja en la identificación de los restos que le entrega la fiscalía para su análisis. Explica que los procesos forenses no son sencillos, pues además del trabajo científico involucran áreas como antropología, arqueología y medicina forense, y el estudio del contexto social, y que una vez que se dan identificaciones positivas se desarrolla el protocolo de notificación para reunirse con las familias. 

Según el fiscal, tres familias no han querido reconocer la identificación de su pariente porque dudan de los resultados, y algunos familiares de personas desaparecidas no proporcionaron una muestra genética por “circunstancias particulares”. 

Resignada a que no encuentren el cuerpo de su hijo, Marcela quemó algunas de sus pertenencias y las depositó en una urna blanca para poder llevar a cabo su duelo.

Responsabilidad del Estado

El viernes 13 de octubre, Marcela interpuso una demanda por responsabilidad patrimonial del Estado contra la FGE por “graves violaciones de derechos humanos” por la desaparición del cuerpo de Cosme, pues está convencida de que esta ocurrió en los días que siguieron a su asesinato.

Denuncia que Cosme ya fue dado de baja de la base de datos de personas desaparecidas de la fiscalía y que, desde que identificó a su hijo, únicamente quedó abierta la averiguación previa por el homicidio, crimen del que, dice, las autoridades no tienen ninguna información, ni pistas ni detenidos. 

“¿Por qué si no hay cuerpo dicen que no está desaparecido?”, cuestiona Marcela.

El fiscal Herrera asegura que están abiertas dos carpetas de investigación: por desaparición y por privación de la vida, y que hay “una unidad especial” que lleva el caso, de la que no dio detalles.

Sin embargo, Martínez afirma que para el Estado se acabó el problema de la desaparición porque ya se identificó a Cosme. Ahora debe resolver su crimen.

El Estado ya no tiene responsabilidad, es lo que nos han querido poner en el caso de Cosme”, explica. “Decimos: ‘Eras responsable de la seguridad, integridad y vida de todos los ciudadanos’. Lo desaparecen en un contexto de desapariciones y violencia generalizada. Hay un nivel de responsabilidad por el contexto en que vivíamos”. 

La demanda interpuesta el 13 de octubre contra la FGE busca también que las autoridades reparen el daño que han causado a la familia. Marcela, de 45 años de edad, padece enfermedades como diabetes, hipertensión y fibromialgia que le impiden conseguir un empleo. 

Aunque, según Herrera, la fiscalía iba a publicar un comunicado con la postura de la institución respecto a la demanda interpuesta por la madre de Cosme, hasta el momento no ha ocurrido. 


El 13 de octubre, Marcela denunció a la Fiscalía General del Estado por el delito de responsabilidad patrimonial; exige que reparen el daño causado a ella y a su familia por la desaparición del cuerpo de su hijo.

No es un adiós

Hace tres años, cuando exigía la búsqueda en fosas comunes del cuerpo de su hijo, Marcela Balderas me confió que su mayor anhelo era tener un día los huesos de Cosme en casa para decirle que siempre lo buscó, que nunca se cansó de buscarlo. En el texto “Desaparecer dos veces: la burocracia que pierde cuerpos, publicado en Quinto Elemento Lab en septiembre de 2020, contó que quería atesorar los tenis negros que calzaba cuando desapareció.

Ahora, convencida de que no tendrá el cuerpo de su hijo ni tampoco esos tenis negros que deseaba conservar, expresa: “Quería sus restos. Y decirle: ‘No quería que te fueras, te lo pedí a gritos. No te vayas, no te vayas’. Pero no es un adiós, es un hasta luego”.

Ese “hasta luego” comenzó el domingo 15 de octubre, el día en que Cosme hubiera cumplido 29 años.

Eran más de las siete de la noche cuando un grupo de madres de personas desaparecidas perteneciente a Fuundec, junto con sus acompañantes, esperaban en el llamado Árbol de la Esperanza, en la Alameda Zaragoza de Torreón, un lugar donde el colectivo organiza reuniones y da a conocer sus posicionamientos. 

Aguardaban formadas en círculo la llegada de Marcela. Llevaban rosas blancas y rojas. Era domingo y la música y el jolgorio de la alameda interfería con el propósito de la noche: celebrar un ritual de despedida para Cosme; celebrar la vida del estudiante del Bachillerato Técnico Industrial de La Laguna, el muchacho a quien le gustaba la lucha libre americana, el fútbol, la música cristiana, el hijo que no había noche en que no le dijera a su madre que la quería. 

Finalmente, arribó Marcela acompañada de su hija María Luisa. Vestía una blusa negra y cargaba una urna blanca que contenía las pertenencias de Cosmelín hechas cenizas. 

En el árbol se montó un altar con veladoras, rosas blancas, una cruz de madera, un rosario, la urna, el cartel de búsqueda que difundió por años la madre y fotografías de Cosme: una imagen de cuando era bebé, otras que lo muestran sonriente, feliz.

La primera en tomar la palabra fue Marcela. Así recordó a su hijo:

“Era muy coqueto. Bien responsable. Cuidaba mucho a su hermana, era su adoración. Recuerdo cuando veníamos de Soriana, y veníamos caminando y nos acordábamos de una canción y nos veníamos bailando todo el camino […]. El día que desapareció le dije ‘quítate esos zapatos que te vas a cansar mucho’. Estaba muy contento porque eran zapatos nuevos. Y se puso los tenis negros. Le dice a Leo y María Luisa: ‘Agarren a mi mamá porque me faltó darle su beso. Si te limpias no me quieres’. Y me dijo adiós, y nunca me decía adiós. Nunca me decía adiós. Siempre me decía: ‘Al rato nos vemos’ […]. Era muy risueño. Tenía muchas ilusiones de sacar a su familia adelante. Era muy honesto. Un joven lleno de ilusiones, de salir, de ser un gran muchacho trabajador. Trabajaba y estudiaba. Llegaba a la casa y me ayudaba a lavar. Era muy responsable […]. Se queda en mi corazón”.

En el círculo, su familia y otras madres, hermanas del mismo dolor, le decían palabras de consuelo y le entregaban una rosa. 

María Elena Salazar, madre de Hugo Marcelino González Salazar, desaparecido en 2009 en Torreón: “Él está feliz porque tú estás con tus hijos […]. Ve a Cosme a través de tus hijos, sigue honrando la memoria de ese buen muchacho. Hoy Cosme ya voló alto. Hoy Cosme es luz”.

Ángeles Mendieta, madre de Iván Baruch Núñez Mendieta, desaparecido en 2011 en Torreón: “Tu dolor es también nuestro dolor […]. Sabemos tu caminar. Debes de estar satisfecha que siempre estuviste con esa frente en alto. Sabes que te quiero mucho. Te abrazo con el corazón y desde el cielo hay una estrella que te ve”.

Diana Iris García, madre de Daniel Cantú Iris, desaparecido en 2007 en Ramos Arizpe: “Has sido una guerrera buscando. Sacrificando muchas cosas. Cosme está orgulloso de ti. Solo se nos adelantó. Desde donde está se siente muy orgulloso”.

Mireya Villarreal, madre de Luis Lauro y Jorge Arturo Cantú Villarreal, desaparecidos en 2010 también en Torreón: “Disfruta tu vida con tus hijos. Trata de ser feliz con tus hijos. Ellos te necesitan. Nosotros no sabemos si nuestros hijos están vivos, muertos, en un pozo, no sabemos dónde chingados están […]. A lo mejor Cosme nos da una luz para saber dónde están”.

Habló también la hermana de Cosme, María Luisa. Recordó que era muy “pediche”, siempre reclamaba sus chetos, pero tuvo la fortuna de que se despidiera de ella a través de una estrella fugaz que vio en el cielo. 

“Te abrazo con amor”, fue la frase que se repitió. “Aliméntate bien”, le pidieron a Marcela. 

Ella tomó la urna blanca y la abrazó con la delicadeza de quien carga a un bebé. Eran casi las diez de la noche. En la alameda seguía la música y el jolgorio del domingo, pero en el espacio del Árbol de la Esperanza la familia de madres se fundía en abrazos con su hermana Marcela. 

Sonaba la canción favorita de Cosme: “No crezcas más”, de Tercer Cielo, un dúo de música cristiana. 

Como si de arriba, me dieron demasiado
Como un regalo que no merecí
Como si jamás, te me marcharás
Ojalá pudiese pedirte que ya

¡Por favor, no crezcas más!

Diana Iris García, integrante de Fuundec, consuela a Marcela durante el ritual de exequias realizado en el lugar donde fue hallado Cosme la noche de su asesinato.

Exigencia de justicia sigue en pie

Al día siguiente, Marcela, junto con otro grupo de madres de Fuundec y sus acompañantes, se reunieron bajo el Puente Plateado, el lugar donde Cosme fue hallado asesinado hace 12 años. 

Eran las ocho de la mañana de un lunes y se notaba el tráfico de inicio de semana. 

Marcela se encontraba más tranquila y reclamó a la fiscalía: “Primero me decían ‘traemos perdido el expediente, y es que no lo encontramos. No tenemos evidencia. No traemos nada’. Ahora salen con que tienen seis casquillos resguardados, de arma larga. Me da mucho coraje, mucha rabia”.

Vestía de nuevo una blusa negra y llevaba la urna blanca y las fotos de Cosme.

Se sentía la ventisca otoñal cuando el sacerdote Rafael López se dispuso a comenzar las exequias, el ritual católico que honra al fallecido.

Los presentes formaron un círculo y el cura guio la oración y la reflexión. Marcela no dejó de estrechar la urna. 

Al final de la ceremonia todos se abrazaron. La madre lloraba.

“Cosme, presente”, exclamó alguien. “Ahora y siempre”, respondieron todos. 

“Sé que su cuerpo no está, pero su esencia está aquí”, dijo Marcela. 

“Cosme, presente”. “Ahora y siempre”. Los asistentes a la ceremonia católica realizada bajo el Puente Plateado, el 16 de octubre, oraron por el adolescente.

La última esperanza de encontrar a su hijo son cuatro restos óseos recuperados de las exhumaciones que no pudieron ser analizados por el CRIH y fueron enviados a los Países Bajos para su identificación. 

“Es lo que les queda mandar. De las exhumaciones ya nada. Lo dieron por perdido”, precisa la madre. 

Sabe que el análisis en los Países Bajos se demorará mucho. Está convencida, también, de que ya no lo identificarán, de que no lo encontrarán. Por eso decidió resignarse y hacer los rituales para despedir a su hijo. Para celebrar la vida de Cosme.

“Para mí es un descanso, es una paz, una tranquilidad. Me sentí tranquila anoche, dormí bien. No me desperté, llevaba días sin dormir”. 

La decisión liberadora de Marcela no le impide sentir coraje y rabia hacia el Estado. Responsabiliza a las autoridades de la FGE en caso de que le pase algo a ella o a su familia, pues siente temor de que, al señalarlos como “responsables y negligentes” por la pérdida del cuerpo de su hijo, puedan agredirla.

Haber dado este paso en su duelo y en su búsqueda de paz no significa que se olvide de exigir justicia, aclara. “Sigue en pie”. 

No descansará hasta saber qué fue de su hijo Cosme.

¿Cómo se despide una madre de un hijo cuyo cuerpo perdió el Estado?

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