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Óscar Pineda

Cuando los hijos crecen…

¿Hasta dónde el comportamiento de los hijos es responsabilidad de los padres? Me preguntó un amigo hace un tiempo.

Traté de darle una respuesta lo más práctica posible, pero sin meterme a las profundidades; le dije que en mi opinión cuando los hijos son pequeños la responsabilidad de su comportamiento es cien por ciento de los padres, pero cuando son adultos la responsabilidad es de los hijos, porque cada persona debe ser responsable de sus actos.

Mi amigo, en cambio, considera que aún cuando los hijos sean adultos, la responsabilidad de su comportamiento recae en los padres.

Su argumento es que el comportamiento de las personas por lo general se moldea desde la infancia temprana según la crianza o educación que hayamos recibido.

Visto desde esa perspectiva no me quedó más remedio que darle la razón, pues aunque defiendo la tesis de que cada persona es responsable por sus actos, también es cierto que influyen los valores adquiridos a lo largo de la vida.

Recuerdo que cuando era niño mi mamá nos hablaba mucho sobre el respeto hacia las personas y las cosas ajenas.

Una vez, en el minisúper del pueblo donde yo vivía, mi hermano Marco Antonio de seis años y yo, que en ese entonces tenía ocho, hicimos la travesura de esconder un chocolate cada uno en nuestras bolsas, mientras mamá pagaba el resto de la despensa.

Nos imaginábamos comiendo aquellos chocolates “gratis” una vez fuera de la tienda, total nadie se iba a enterar porque la cajera estaba entretenida cobrándole a mi madre que a su vez estaba pasando a las bolsas las cosas que había comprado.

Cuando la cajera terminó de cobrar el último artículo del carrito de mandado, mi mamá volteó hacia donde estábamos mi hermano y yo (detrás de ella) y le dijo a la cajera: “por favor me cobra también los chocolates que tomaron los niños”.

La cajera, que no se había dado cuenta del robo, miró a mi madre sorprendida y extendió la mano para recibir los chocolates que mi hermano y yo traíamos en los bolsillos.

Recuerdo que sentí un calor intenso en el rostro y me imaginaba que tenía las oreas rojas de los nervios de que nos hubieran descubierto.

Mi madre, que siempre fue muy prudente no nos dijo nada frente a la cajera, pero apenas salimos de la tienda nos decomisó los chocolates y nos dio a cada uno un par de nalgadas bien puestas.

No fueron las nalgadas las que me dolieron, sino sus palabras: hoy ustedes me han hecho sentir la mujer más triste del mundo; le he fallado a Dios porque por más que he hablado con ustedes sobre el respeto a las personas y a lo ajeno hoy decidieron robar, como vulgares delincuentes.

Puedo decir con orgullo que aquella lección me ayudó a comprender el verdadero significado de la honestidad y la decencia.

Mi madre cumplió cabalmente su tarea porque siempre estuvo pendiente de nuestras acciones, por eso pudo darse cuenta de nuestra travesura y corregirnos como era necesario. Gracias a Dios y a ella nunca hemos tomado nada que no sea nuestro y que no hayamos ganado con nuestro trabajo.

Quizá si mi madre se hubiera hecho de la vista gorda hoy mi hermano y yo no seríamos los hombres de bien que, con orgullo presumo, somos.

Ahora yo le pregunto estimada o estimado que está leyendo esta colaboración: ¿usted qué opina?.

Hágame saber sus comentarios al correo oscarpineda78@gmail.com o si me en mis redes sociales:

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