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El drama de los niños sicarios en Tamaulipas

De víctimas a victimarios

Perla Reséndez

VICTORIA, Tam.- Iker nació en Nuevo Laredo, donde vivió con sus padres y hermanos, era travieso y no le gustaba la escuela, a los 11 años, aún era un niño cuando probó la marihuana y a los 12 la cocaína.

Sus tíos ya trabajaban en el Cartel del Noreste y a los 14 años se unió a ellos, recibiendo entrenamiento durante un mes en el manejo de armas. A los 15 años, ya cruzaba gente a Estados Unidos de manera ilegal; a los 17 años ya se había convertido en sicario.

Una de las razones más fuertes que tiene la delincuencia organizada para coptar a niños, niñas y adolescentes es que no exigen tanto como un adulto y puede sacar provecho de esta población sin exponer a los integrantes estratégicos de la organización, revela un estudio realizado por Reinserta.

La organización que busca romper los círculos de delincuencia para mejorar la seguridad del país recopila 67 testimonios en su informe “Niñas, niños y adolescentes reclutados por la delincuencia organizada”.

“Lo que están haciendo los, discúlpame la palabra, es lo que están haciendo los pinches piojos del CDN´s, están agarrando puro morrillo todo tonto, porque saben que, como ahorita los morrillos les vale queso la vida, pues les dan un arma, un chaleco, unos cargadores y ya mándalos a la batalla, para no arriesgar a la raza alta”, relata Orlando.

El estudio revela que la delincuencia organizada, aprovecha las características y particularidades del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes, que contempla 5 años como pena máxima privativa de la libertad.

“El Cártel del Noreste trae puro chaval, puro morro menor. Pura gente que es, como quien dice, plato desechable. Los utilizan y luego pa´ la basura. Es que cada cártel tiene diferente manera de trabajar”, relata Rolando.

En la zona norte del país, en los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, se entrevistaron a 44 adolescentes hombres y mujeres, privados de la libertad en centros de internamiento para adolescentes; de ellos 30 estaban relacionados con la delincuencia organizada, aunque ninguno tenía una medida de sanción por este delito.

Las conductas por las que más detienen y procesan a las y los adolescentes que están relacionados con la delincuencia organizada son: homicidio, delitos contra la salud, en cualquiera de sus modalidades, portación de arma, secuestro, extorsión, halconeo y tráfico de indocumentados.

De acuerdo a los resultados del estudio, lo que se evidencia es que la autoridad ni el sistema de justicia, cuenta con los mecanismos ni la capacidad para identificar los casos de niños y adolescentes involucrados con la delincuencia, afectando la posibilidad de intervenir en la desvinculación y reinserción del adolescente a la sociedad en contextos libres de violencia.

En el caso de Tamaulipas, los menores de edad entrevistados para el estudio, afirmaron ser originarios de Victoria, El Mante, Matamoros, Nuevo Laredo y Reynosa; mientras que los de Coahuila son originarios de Torreón, Saltillo y Santa Rosita.

En Nuevo León los menores manifestaron ser de Monterrey; aunque algunos otros refieren haber nacido en Ciudad Acuña, Coahuila; Guadalajara, Jalisco y Brownsville, Texas.

Entre los elementos importantes que impactan para que los niños y adolescentes puedan involucrarse en los grupos delincuenciales, son el que viven en la zona fronteriza con Estados Unidos, lo que implica la migración legal e ilegal.

Pero también el intercambio cultural y comercial, además del turístico o de la fuerza de trabajo, con todas las regulaciones y dificultades que estas actividades conllevan.

En la mayoría de los casos, los menores se desarrollan en hogares donde la presencia del padre es ausente y es la madre, la que tiene presencia en sus vidas.

En Tamaulipas y Coahuila, los cuidadores principales de los niños y jóvenes entrevistados suelen ser madre, abuela, hermanos o algunos otros familiares como tíos, por lo que son frecuentes los testimonios que señalan que el padre abandona el hogar y cuidado de los menores, cuando estos son muy pequeños.

“Mi papá se fue cuando yo tenía 5 años”, relata León; “mi papá biológico se fue a Houston y ya no tengo comunicación con él, ya me olvidé de él”, según relata; e incluso, algunos refieren nunca haberlos conocido. “¿Papá? No tengo, jefa, no lo conocí, desde que estaba chiquito, refiere Arturo.

El panorama en Nuevo León es un poco distinto, aunque existe una figura paterna, esta no presta atención al cuidado de los hijos, lo que denota una falta de contención e involucramiento en las actividades de los hijos y esto puede ser un factor para que se acerquen a grupos criminales.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2015) y la Red de Derechos de la Infancia en México (2011), que señalan la baja supervisión y/o apoyo por parte de los padres entre los factores sociales que puedan llevar a niñas, niños y adolescentes a involucrarse en la delincuencia organizada.

Otro dato que sobresale del estudio es la ocupación de los cuidadores; en el caso de Tamaulipas y Nuevo León, las madres son empleadas de comercios o comerciantes independientes o informales, “mi mamá trabaja, vendía quesos, era comerciante”, relata Diego; seguida de esas actividades, se encuentra el ser amas de casa; mientras que en Coahuila, la madre es ama de casa y el padre algún oficio como albañil, herrero o mecánico, seguido del comercio o como empleados.

El estrato económico, también marca una diferencia importante en la zona norte del país, ubicando a Tamaulipas en el menor nivel económico de las familias de estos niños y jóvenes.

Las carencias que se manifiestan tienen que ver con las necesidades más básicas de supervivencia: comida, vestido, recursos para asistir a la escuela, entre otros, “no había mucho dinero en la casa, faltaban muchas cosas”, comenta Ernesto.

De esto se desprende que las organizaciones criminales aprovechan esas carencias para cubrir las necesidades básicas y cubren los vacíos que el Estado ha dejado, creando oportunidades, que, aunque no lícitas, al menos les permiten satisfacer algunas necesidades básicas.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2015) ha dicho que este tipo de acciones, posiciona a los grupos criminales como líderes ante las comunidades donde operan, al considerarlas como una fuente que posibilita la cobertura de requerimientos vitales.

Ese fue el caso de Lázaro, quien entró al grupo criminal en Nuevo Laredo, motivado por las carencias en su hogar conformado por su mamá, su padrastro y cinco hermanos más.

Aunque sus papás trabajaban, su mamá como afanadora en un puente internacional, el dinero no alcanzaba y cuando su papá quedó imposibilitado para seguir su trabajo de levantar chatarra en las calles para venderla como fierro viejo, ya no tuvo opción, señala.

La relación con los padres o cuidadores es diferente en cada entidad, en Tamaulipas y Coahuila, se observa una buena relación con la madre y la abuela y no tanto con el padre.

Aunque también hay casos en que los adolescentes manifiestan resentimiento hacia la madre por no estar suficiente tiempo con ellos, por ocultarles información sobre el paradero del padre, por aguantar violencia de sus parejas o decidir rehacer su vida con otros hombres.

Se revela que la mayoría de los casos, se observa un cambio de residencia constante por diferentes razones, además de manifestar una dinámica de violencia física y verbal en el hogar.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos establece esos factores como riesgo para el desarrollo y/o involucramiento en conductas agresivas y delictivas.

Entre ellas el abuso físico, psicológico y sexual, negligencia física o emocional, actitud irritable o explosiva de los padres, castigo físico o presenciar actos violentos.

Entre los jóvenes y niños en estas tres entidades, hay algún familiar relacionado con la delincuencia organizada, tíos, primos, hermanos, papá; solo en Nuevo León se nombra a la mamá como uno de los familiares involucrados.

De ello se desprende el acceso a las drogas y armas, donde en ocasiones, incluso el mismo domicilio donde habitan, es un punto de venta de drogas, lo que, llegan a normalizar.

“Pues no me sentía inseguro, aunque andaban las trocas laminadas, todos arriba artillados, con armas, caravanas y demás, y luego se balaceaban, pero era normal”, comenta Iker.

El nivel de estudio de los adolescentes en Tamaulipas es la primaria, algunos casos trunca y en pocos más la secundaria, siendo la causa de la deserción, el ingreso a las filas de la delincuencia organizada.

El estudio revela en el caso de Tamaulipas, que la falta de interés es la carencia económica en los hogares, “no estudie, ya no quise estudiar. Aparte el nivel económico, mi mamá estaba solita, le teníamos que ayudar”, relata Gabriela

La edad promedio de inicio de consumo de droga en estas tres entidades (Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas) oscila entre los 10 y 16 años, aunque en Tamaulipas el inicio es más temprano, primero marihuana, luego cocaína, crack, cristal y solventes.

El estudio revela que la exaltación a la cultura de la violencia y modelos de vida de los delincuentes a través de series de televisión o en Internet, también influye fuertemente, pues los medios de comunicación han romantizado la delincuencia, restando importancia a los efectos reales que trae consigo como la pérdida de vidas humanas.

En la zona norte, el uso de armas atrae a los adolescentes, “el Barret porque está mamalón y tiene una potencia chida y la bala atraviesa varias cosas. Sí ´ta chingón. Y esa es de mis armas favoritas”, comenta Kevin.

Los adolescentes en Tamaulipas y Coahuila mayormente son reclutados por amistades y conocidos que los invitan a participar en actividades ilegales a cambio de dinero, seguido de los casos en que los propios adolescentes buscan el contacto para ingresar de manera voluntaria, además del reclutamiento forzado.

Los grupos criminales reclutan niños, niñas y adolescentes desde muy pequeños, siendo la edad promedio en esta zona entre los 8 y 16 años, con mayor tendencia entre 12 y 14 años.

El entrenamiento lo realizan en muchas ocasiones ex militares y ex marines, que han desertado e incluye, desde el manejo de un auto, arme y desarme de armas, estrategias para introducirse en casas y desmembramiento de cuerpos, con un tiempo promedio, en el caso de Tamaulipas, de 3 meses, casi siempre en el monte o la sierra, donde no puedan ser ubicados fácilmente por las autoridades.

En cuanto a las actividades principales que desarrollan los menores de edad dentro de los grupos delincuenciales, se encuentran el halconeo o patrullaje, venta y transporte de drogas, homicidio, sicariato, cruce de indocumentados, portación y uso de armas.

Descuartizamiento de personas, ocultamiento y destrucción de cuerpos, limpia de calles que consiste en ubicar y matar a delincuentes comunes, que no forman parte de la organización.

Limpieza de lugares donde se lleva a cabo la tortura o descuartizamiento, cocinar cuerpos, cuidar casas de seguridad, extorsión a hoteleros y comerciantes, así como elaboración de narcomantas y colocación de las mismas.

Pero también hay castigos para quienes no cumplen las tareas, dependiendo de la gravedad de las mismas y la muerte es una de ellas, dependiendo del humor del superior al que se responda.

Las más comunes son golpizas, tablazos o leñazos, matar a las familia o seres queridos, amarrarlos o “emplayarlos”, es decir, envolverlos en plástico para inmovilizarlos y golpearlos.

Privarlos de comida mantenerlos mojados por periodos largos, o enviarlos a las cabinas en pleno enfrentamiento, donde es más probable que los maten a balazos.

Los sueldos que reciben, en el caso de Tamaulipas, son los más bajos de las tres entidades de estudio en la zona norte, y la utilizan, para aportar a la familia, “le daba a mi mamá para que comprara la comida y la despensa”, comenta Braulio.

Sobre el tiempo de estancia dentro del grupo criminal, Tamaulipas es el que reporta menor tiempo, siendo entre 3 a 4 años, ello porque son privados de la libertad o la vida.

Cuando son detenidos, los entrevistados relataron vivir violencia y malos tratos por parte de la autoridad, altos índices de tortura e incluso largos periodos de tiempo (días), para ser puestos a disposición de las autoridades correspondientes.

Las medidas de sanción impuestas en Tamaulipas, en promedio es de 5 años como máxima, siendo en esta entidad, donde mayormente los familiares visitan a sus hijos e hijas en estos lugares de internamiento.

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